Pastillita para el Alma 01 – 04 -08
Entre los 16 y los 17 años. Esa etapa de la vida que nos marcó para siempre. Final de la Secundaria en el glorioso Colegio San Juan de la Libertad. Nuestra salida de la tierra y el viaje hacia la Capital, con nuestras alforjas llenas de ilusiones y la sorpresa de una Lima, que en la tranquilidad de esa época, lejos estaba de darnos la comodidad y la paz de nuestro terruño. Nuevas caras, nuevas costumbres. Un modo diferente de vivir. Gente apresurada. El pararse en la vereda y mirar hacia arriba y hacia abajo, y esperar que no vengan carros para cruzar la calle. Descubrir que las fotos de carnet y pasaporte te pueden entregar en 15 minutos y no a los 8 días, como en nuestra tierra. Las colas en la Prefectura para sacar tu certificado de buena conducta y la alegría de inscribirte en la Universidad con tus certificados de estudios, bien planchaditos y sin arrugas que viajaron con nosotros en el fondo de la maleta, como una de las joyas más preciadas. Después la larga espera para dar el examen de admisión y esperar los resultados para convertirse en cachimbo.
La vida en la pensión y sacarse el alma en los estudios para justificar nuestra permanencia de Abril a Diciembre en la ciudad de Los Virreyes con la finalidad de regresar a pasar las ansiadas vacaciones de Enero a Marzo, junto con todos los que tuvieron la suerte de empezar sus estudios en la Capital. Las matinées, las fiestas sociales, las serenatas. El competir con los cadetes y la conquista de nuestras primeras novias. La vida hermosa al lado de nuestros seres queridos que en el amor infinito de padres, mostraban con nuestra presencia, su orgullo y alegría.
Pedacitos de dicha insignificantes, fugaces, trascendentales y eternos, con unas raíces indestructibles que se van haciendo más presentes con el paso del tiempo.
Luego, de vuelta al barrio. Empezar de nuevo la rutina. La Universidad, las clases, las prácticas en el Hospital, en la Asistencia Pública. El gritar de las hormonas, con fuerza, con rabia. Saber de ciertos lugares y locales. Inclusive descubrir que el monumento de Manco Cápac con su dedo te indicaba al jirón Huatica donde estaban las “niñas”. Primeros pasos indecisos, titubeantes, mirando por todas partes para ver que ningún conocido te vaya a descubrir. La dirección experta del paisano del alma, que en nuestra tierra se llamaba Eduardo y ahora para estar a la moda teníamos que decirle “Lalo”. Grandioso Lalo. Nunca voy a olvidar que para ahorrar, contrataba una “cama redonda” y la sorpresa al descubrir que la cama era como las de siempre, con la diferencia que se llamaba redonda porque en el lugar había dos parroquianas. Desde luego Lalo era el anfitrión y guía por excelencia y tal como el lo hacía, había que hacerlo. No se si era cierto que hablaba inglés, pero las fulanas que eran gringas le hacían caso cuando decía “caman jiar, caman jiar” y sin pudor alguno se echaban en la cama tal como vinieron al mundo. Inolvidables estos momentos. Pero en honor a la verdad solo los más avezados nos arriesgábamos, teniendo en cuenta que había el peligro de diplomarse con una “quemada”, desde luego no con fuego y por eso había uno de nuestro grupo, que solo llegaba hasta la Plaza Manco Cápac. Fumaba como chino en quiebra, nunca se quitaba el saco, ni cuando nos íbamos a la playa y pienso que llegó al matrimonio tan puro y casto como San José.
Los partidos de fútbol en el coloso de José Díaz y nuestras pichanguitas en el Campo de Marte, discutiendo quien era el más veloz y quien llevaba la pelota pegada al botín. Una que otra vez nuestras incursiones a alguna que otra fiesta de los paisanos y constatar que en Lima hay mucha competencia. Descubrir que para sacar a bailar a una chica no había que tener pañuelo para que no sienta el sudor de las manos, ni chupar pildoritas de zen zen para el aliento y menos invitar una gaseosa después que terminaba la “pieza”.
Macanudo mi hermano Lalo. En esa época le decíamos gaga, por sus gustos exquisitos y refinados. Casi nunca tenía un real en su bolsillo, pero de ninguna manera se iba a cine de barrio. Sus salas de estreno el LeParis, el Metro, el Biarritz, el Excelsior y alguna que otra vez el San Martín, porque allí “daban películas mejicanas” y eso era como estar en la tierra.. En cierta ocasión invitado desde luego, aceptó ir a la vermouth en el Conde de Lemos donde daban una película con Pedro Infante y Elsa Aguirre, que para nosotros los dos alegres compadres eran nuestras preferidas. Desde que entramos se quejaba de que lo picaban las pulgas y que no había alfombra y que sus baños olían a kreso. Nos sentamos en las mejores butacas que escogimos casi adelante para que nadie lo vaya a tapar con su cabeza. No miraba la película y se quejaba de la clase de gente con la que estaba mezclado, pero casi sin darnos cuenta, notamos que se quedó inmóvil y poco a poco se iba contorneando en el respaldar del asiento, estirando su mano como que se lo había caído algo por detrás de su espalda y se esforzaba en buscar y de repente, se escuchó el grito de una señora que gritaba ”Prendan las luces, prendan las luces” teniendo agarrado de los pelos al popular Lalo, quien había descubierto que la hija de la señora agresora, tenía unas lindas rodillas y el se había permitido explorarlas en la oscuridad del ambiente. Tuvimos que escaparnos a salto de mata, en medio de la penumbra, con las protestas del susodicho que nos increpaba haberlo llevado a cine de barrio. ¡Que tal frescura de Lalo!.
Cucufato como pocos. Asiduo concurrente de las procesiones, especialmente de las del Señor de Los Milagros, donde había bastante aglomeración de gente. En cierta ocasión desde el balcón, lo mirábamos juntamente con las dueñas de la pensión, que a paso lento y con la mirada perdida en el espacio, con una cara de devoción que hasta mi tío Luís Noriega le hubiese envidiado, iba implorando el perdón no solo de sus penas, sino por la forma como lo hacía, seguro que de todos nosotros, por lo que nos apresuramos en agradecerle y cual sería nuestra sorpresa cuando con todo el desparpajo nos dijo: Vieron la morena que iba delante de mí? No se imaginan que tal “punteadaza”.
Claro que de Lalo hay muchas historias que podría seguir contando. Algunas nos darían risa y otra tal vez no son tan creíbles, pero yo debo agradecerle muy honestamente que por su iniciativa naciera mi vocación de bombero, cuando en una de esas tardes tuve que apagar el “nidito de amor” con sus biombos de periódicos que se prendió, cuando por su iniciativa y para dar ambiente de boite había entalegado los focos de luz con papel celofán rojo y verde. La vergüenza no fue la salida despavorida de las ñustas con sus hábitos morados a cuestas y las cabezas despeinadas, sino el enfrentamiento con el paisano que generosamente había prestado el local, mitad consultorio dental y mitad dormitorio. A veces cuando me cuentan que Lalo en los últimos tiempos tiene afición por los tintes y peinados, yo soy el único que comprende donde le nació su vocación.
Semblanzas y anécdotas que son el néctar que nos anima a seguir viviendo y que me permito contarlas con pudor, pero con la seguridad de que muy pocas personas van a reconocer a los protagonistas y que los involucrados, con el cariño y el respeto que nos prodigamos, entenderán que solo me mueve el sacarles una sonrisa y recordarles que también fuimos jóvenes y ahora cuando nuestras cabezas muestran los hilos de plata que deja el tiempo, será tal vez más fácil, comprender a nuestros nietos que nos miran y admiran como personajes incólumes, sin juventud ni pasado, sin saber que escondemos en la nebulosa del candor de nuestros años mozos, numerosas aventuras con la chispa fina de la vida, pero con la seguridad de que cumplimos con nuestros objetivos trazados, que jamás dañamos a nadie y que seguiremos gozando, con la gracia de D+OS, del amor de nuestros seres queridos, hasta que venga la muerte.
Jorge REINA Noriega
Cirujano Plástico
“AYÚDAME A AYUDAR”