Por vez primera se exponen en Lima dos notables muestras de arte popular de Amazonas: las artesanías del distrito de Huancas (ubicado a veinte minutos de Chachapoyas) y del Cenepa; y las pinturas hechas por alumnos aguarunas y profesores pintores. Ambas pertenecen a la cuenca cultural del Utcubamba y la del Marañón.
En el marco de la exposición popular hecho a mano, “Ruraq Maki”, se presentan en el Museo de la Nación, mujeres huanquinas y aguarunas con ceramios que portan una tradición que viene desde la expulsión y diáspora de los rebeldes y temibles Wancas de la región del Mantaro en el Siglo XVI, llegando a la Selva, tras la invasión inca de Túpac Yupanqui.
Una rústica estética va de la mano con el sentido utilitario de su cerámica. Si lo bello es útil al mismo tiempo, es doblemente valioso. Útil para la culinaria. Tenemos ollas, ollones, tinajas, tinajones, chochos (para el guarapo o masato); cántaros ollitas, olletas, tiestos (para tostar cereales, café), cashques (para el cuy cangado) En ambos se nota la impronta de la alfarería wanca: trazos negros y terracotas rectos, en zigzag o romboides (influencia Kuélap) sobre cuerpos de base clara o base roja, según la procedencia y tratamiento de la arcilla o greda. Todo hecho a pulso por mujeres ancianas, aunque los jóvenes alfareros, motivados por el turismo, utilizan ahora el torno y el vidriado.
Hasta no se hace mucho la clase de los mistis (los señores) urbanos de Chachapoyas utilizaban las palabras huanquino y chuncho como sinónimos de bruto, chusco y salvaje; en cierta forma ese talante racista persiste. Gracias a Víctor Inga Puscán, con quien estudié desde la primaria, pude reconocerme en ellos, no como el otro, sino como su semejante; también me enseñó a cortar chamiza y comer el dulce llacón.
Para recusar esa discriminación y exorcizar el dolor del “Baguazo” (5 de junio, 2009), un grupo de profesores y alumnos de la Escuela de Bellas Artes de Chachapoyas (sobre la cual pende una amenaza de clausura; ojo señor ministro de cultura), expone en la solariega casona barranquina del Centro Cultural Juan Parra del Riego, 32 cuadros que interpelan al Perú oficial bajo el epígrafe “Unidad en la Variedad y Variedad en la Unidad”. Mediante una estética ética, comprometida.
Debido a esas segmentaciones, fracturas, y cuentas pendientes la plural sociedad amazonense, más que buscar una identidad -pues ya la tiene- , ansía tener una unidad. Pero respetando su variedad étnica, su morada territorial.
La contemplación de esas desgarradas pinturas me han llevado a releer La Unidad Dividida del filósofo cajamarquino Mariano Iberico Rodríguez (quien vivió también en Chachapoyas). “La vida es unidad dividida y contradictoria en que se confrontan, se oponen y se sintetizan el ser y el no ser, el eterno comenzar y el eterno acabar. La unidad, pero no aquella en cuya pureza irrespirable se extingue la vida, sino la unidad dividida, contradictoria, trágica de donde el alma extrae conjuntamente su angustia y su esperanza y de cuyo misterio brota la perspectiva innumerable del espectáculo universal”, decía ya don Mariano en 1932.
